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7 de agosto de 2012

Terror, género y literatura argentina: La larga risa de todos estos años de Rodolfo Fogwill.

“Ella es re heavy
Nunca caso me hará
Pero me quiere
Y por mí cambiará”
Kumbia Queers

“Si cuando sucedía aquello había que pensar en otra cosa, ahora, que hay que pensar en lo que entonces sucedía, indica que no habrá que mirar ni pensar las cosas que suceden en este momento”
Rodolfo Fogwill.

Existe una representación residual sobre lo ocurrido en la última dictadura argentina, entendemos que a la hora de realizar un ejercicio crítico del pasado hay sentidos, cuando no normas, que son inconmensurables. Lo mismo ocurre con las cuestiones de género, por lo menos y como se dice en la calle: en teoría. Nadie estaría dispuesto en nuestro presente a negar los derechos y las libertades de otra persona o grupo o comunidad. Y si alguien lo hace, bueno, no tendría una suerte de legitimidad social, digamos, que lo resguarde. Lo cual nos lleva inmediatamente a la pregunta: ¿cómo leemos el texto La larga risa de estos años de Rodolfo Fogwill a la luz del imperio de la diferencia y del reino de las minorías?
En los últimos años nos familiarizamos con una escritura que forma parte de una comunidad compuesta por textos que se caracterizan por un continuum homo-lésbico desde la construcción de la identidad de sus autores, las voces elegidas para relatar y los tópicos frecuentados. Así aparecen Pablo Perez, Sushy Shop, Naty Menstrual, Fernanda Laguna o hasta el mismo Aira, de manera forzada si así se lo desea, con un texto como “Las noches en Flores” (2004) en la que una historia de amor gay entre dos cadetes-deliverys articula la novela. Fogwill, sin ser parte quizá de esa comunidad, por más que se trate de un concepto que en alguna medida puede ser más que discutido, aborda, casi que en un estado previo a la emergencia de nuevas narraciones, el caso del género.
En “La larga risa de todos estos años” (1983) el narrador protagonista es una profesora de artes marciales y mantiene una relación amorosa homosexual con otra mujer que se prostituye con miembros de la clase alta porteña llamada Franca. Con el transcurrir de los años, entrada ya la democracia, esa relación se rompe y Franca se casa y construye una familia convencional. Asoma con antelación a los estudios de Roudinesco aquella idea sobre la paradoja entre formar parte de una comunidad a-normal como una marca identitaria constituida y reproducir prácticas normalizadoras como el matrimonio y la familia. Lo que merecería una lectura y un análisis más atento para otra oportunidad y quizá en otro corpus.
Es curioso que construya una voz periférica en el relato por una cuestión de género. El vínculo entre Franca y la narradora se caracteriza por ser un vínculo que se sostiene desde la violencia. Por ejemplo: “Iba hacia ella, le aplicaba una palanca de radio-cubito, y la llevaba encorvada hacia el sofá. Trabándola contra los almohadones, sobre el sofá o sobre la alfombra(…) entonces la vendaba con mi cinturón, tensaba el cinturón bajo su pelo, por la nuca, y con sus cabos le ataba las manos contra la espalda (Fogwill, R; 1992: Pág 176-177). Así como existe una forma primaria de la violencia, la física o subjetiva, existe una violencia sistémica que Zizek la define como: “No atribuible a los individuos concretos y a sus malvadas intenciones, sino que es puramente objetiva, sistémica, anónima (…) La realidad es la realidad social de las personas concretas implicadas en la interacción y en los procesos productivos” (Zizek, S: 2009. Pág. 24) La relación homosexual entre Franca y la narradora puede leerse como una metáfora del clima de violencia de la época: los rumores de los vecinos junto con la información incierta de los militares allegados construyen una red de implicaturas que sirve para reconstruir un período y un momento de la cultura argentina signado por el terror.
Por momentos el cuento es autoreferencial y metanarrativo y emergen reflexiones acerca del funcionamiento del discurso histórico. Se asiste a una conciencia histórica que se personifica en la misma narradora: “Creo que todos vieron lo que fue pasando durante aquellos años. Muchos dicen que recién ahora se enteran. Otros, más decentes, dicen que siempre lo supieron, pero que recién ahora lo comprenden. Pocos quieren reconocer que siempre lo supieron y siempre lo entendieron, y que si ahora piensan o dicen pensar cosas diferentes, es porque se ha hecho una costumbre hablar o pensar distinto, como antes se había vuelto costumbre aparentar que no se sabía, o hacer creer que se sabía, pero que no se comprendía” (Fogwill, R; 1992: Pág 182) Desde este lugar si existe una moral de la Historia con mayúscula esa moral se puede modificar de acuerdo a diferentes intereses. Las palabras de la narradora suponen que por momentos la historia se elabora sobre el silencio y la mentira.
El terror está presente en el relato de Fogwill: “Sucedió en 1975. Estaba intervenida la universidad y echaban a los profesores porque en la facultad habían tolerado a los grupitos de estudiantes que se mezclaron con la guerrilla” (Fogwill, R; 1992: Pág 181). Luego desaparecen conocidos:“Pero a mediados del setenta y siete, cuando desapareció un chico del gimnasio al que también le había prometido que no necesitaba preocuparse porque no tenía antecedentes, llamé a Solanas y él me llevó, sin que Franca supiese a la oficina a blanquear” (Fogwill, R; 1992: Pág 182) La narradora teme por su integridad quizá por dos razones: su condición sexual y el trabajo que realiza Franca por lo que decide «Blanquear»: “Blanquear quería decir contar lo que uno pensaba, lo que sabía que pensaban o hacían los otros y lo que pensaba que hacían, pensaban o sabían los otros. En el mejor de los casos podría ser una ayuda.” (Fogwill, R; 1992: Pág 182) En este caso se asiste de nuevo a lo que comúnmente se conoce acerca de la ausencia total de garantías en ese período. Sería interesante preguntarse no sólo qué tipos de garantías tenían los ciudadanos sino también qué papel desempeñaba la sociedad civil en esa época.
La narradora, con respecto a lo anterior, reflexiona. En vez de articular y de otorgarle sentido a los hechos del pasado con respecto a nuestro tiempo actual se plantea que no existe continuidad entre el pasado y el presente.
La situación que le agrega significación y resuelve algunos sentidos del cuento se encuentra al final de la narración, es una risa particular la que posee la narradora frente a su actual pareja, que aparece de un momento a otro, casi sin explicación, sobre lo que se dice: “Yo río. (¡Tantas veces la gente del restaurante me habrá visto reír…!) Río porque ella está simulando una pelea para probarme –– para provocarme ––, pero cuando pregunta por qué río, miento y respondo que me río de ella, porque si confesase que río de un país, de una ciudad, de un restaurante y de sus mesas semejantes donde la gente come menús idénticos al nuestro y todo nos parece natural, o real, ella no me creería, sentiría que la engaño y hasta sería capaz de reiniciar otra de sus escenas de violencia” (Fogwill, R; 1992: Pág 187). Se podría jugar con la idea borgeana de que a la historia le gustan las simetrías. Es razonable pensar en una concepción cíclica y repetitiva de la historia a la que le corresponde una idea semejante sobre la narración: siempre se cuenta lo mismo. Lo que conlleva otra pregunta: ¿cómo contar lo sucedido en esos años del terror de manera que la experiencia histórica no sea cosificada?# Y en forma complementaria: ¿cómo contar nuestra propia experiencia o nuestra propia subjetividad sin que ésta quede cosificada? A las coordenadas temporales y espaciales de la dictadura le siguen las coordenadas temporales y espaciales de la subjetividad de cada uno: de eso muchas veces se encarga la literatura.
De este modo “La larga risa de todos estos años” re-construye la vida privada de una pareja homosexual en nuestro país en tiempos del terror y además desde una narración que bordea la modalidad del testimonio nos invita a pensar en el modo en qué funcionaba o circulaba el secreto entre 1976 y 1983 y deja la puerta de semi-abierta para pensar en esta doble significación de la palabra diferencia como instrumento crítico y como fórmula discursiva para clarificar (en términos de política y de sexualidad) interpretaciones sobre cuestiones de género. También, atravesada por una mirada cínica, quedan preguntas sin respuestas sobre el rol de la sociedad civil en esos años. Pero de seguro que esa será tarea para otros escritos.

Bibliografía:

Forster, Ricardo (2003): “Crítica y sospecha. Los claroscuros de la cultura moderna”. Editorial Paidós. Buenos Aires.
Fogwill, Ricardo: “Muchacha Punk” (1996). Editorial Sudamericana. Buenos Aires.
Gazzera, Carlos; Surgui, Carlos (2006) “Ficciones del horror: literatura y dictadura”. Ediciones Recovecos. Argentina.
Roudinesco, Elisabeth: “La familia en desorden” (2003). Fondo de cultura económica. Argentina.

1 comentario:

Giuliana Cecchetto dijo...

Me gusto mucho el cuento. Me lo dieron en la facultad. Algo que me llamo La atención es que lo iba leyendo y creía que era un hombre. Sin embargo, todo el tiempo se trata de una mujer. A mis compañeras les sucedió lo mismo.
Creo que también sirve para darnos cuenta del ideario que tenemos. Cómo con pequeñas acciones se las atribuimos a un género cuando no debería ser así. Es difícil deconstruir